Siento los minutos llegar a mi lado, siento el suspiro del destino en mi cuello, muchas veces preguntándome...
¿Qué significará esto?
Días en los que solo quiero estar bajo la sombra de un viejo sauce,
donde el sonido de la vida no sea molestia, donde la luz del día no sea
molestia en mi piel, solo quiero escribir bajo la sombra de la sombra...
Solo quiero descanzar en paz.
Noches de extraño pésame, de motivación en mi existencia, de preguntas e
incertidumbres que agobian mi ser que sentado junto a la fuente de la
vida eterna deja caer sus lágrimas de dolor.
Me miro al espejo y me pregunto...
¿Qué hago aquí?
Y a mi mismo me respondo, no lo sé.
Camino por sobre donde el Destino me lleva con sus largas cadenas de oro, irrompibles y irrompibles.
Las miro con temor a que me lastimen, pero ellas son demasiado
cuidadosas como para hacerlo, el Destino solo quiere pasearme en la
eternidad, en la soledad, en la tristeza y la amargura.
Oscuro
mi corazón y el sendero de luz que rodea mi presencia, sueño que duermo y
duermo soñando que la vida solo fué una fantasía, pero casi sin aire
abro mis ojos y miro el estrellado cielo por las ventanas, sabiendo así
de que la realidad es mas cruel.
Dejándome caer sobre la cama
entro en un sueño en el que un Ángel vestido con una larga túnica negra,
su rostro cubierto y sus manos sin el cubrimiento de carne y piel que
portan los humanos, lentamente toma mi mano, puedo sentir el frío que
recorre mi espalda con poco apuro, puedo sentir como mis lágrimas caen a
través por sobre mis mejillas.
El Ángel no ha dictado palabra,
ya siento que han pasado horas desde que me ha tomado la mano y hemos
empezado a caminar por un pequeño camino de fría y oscura piedra,
rodeado por añejos árboles con aspecto fúnebre, el Ángel de la hermosa
túnica se detiene, voltea lentamente, suelta mi mano con tranquilidad y
con un gran dolor parece señalar una vieja lápida cubierta de maleza.
Me dirijo hacia ella, y con cuidado quito las mismas haciendo paso a
las letras que yacían bajo la humeda planta, aún sin creer lo que se
puede apreciar en ella, miro al Ángel, y el me extiende su mano
nuevamente...
Comprendí que mi momento había por fín llegado,
retomamos el antiguo camino que hacía un rato empezamos y con profunda
tristeza miro hacia atrás dejando caer una lágrima, despidiéndome así de
quienes en su corazón cuidaban mi nombre, mi último suspiro, mi última
lágrima, mi último adiós antes de desvanecerme para siempre, me lo
concedió el Ángel del Silencio...
Noches de extraño pésame, de motivación en mi existencia, de preguntas e incertidumbres que agobian mi ser que sentado junto a la fuente de la vida eterna deja caer sus lágrimas de dolor.
Me miro al espejo y me pregunto...
¿Qué hago aquí?
Y a mi mismo me respondo, no lo sé.
Camino por sobre donde el Destino me lleva con sus largas cadenas de oro, irrompibles y irrompibles.
Las miro con temor a que me lastimen, pero ellas son demasiado cuidadosas como para hacerlo, el Destino solo quiere pasearme en la eternidad, en la soledad, en la tristeza y la amargura.
Oscuro mi corazón y el sendero de luz que rodea mi presencia, sueño que duermo y duermo soñando que la vida solo fué una fantasía, pero casi sin aire abro mis ojos y miro el estrellado cielo por las ventanas, sabiendo así de que la realidad es mas cruel.
Dejándome caer sobre la cama entro en un sueño en el que un Ángel vestido con una larga túnica negra, su rostro cubierto y sus manos sin el cubrimiento de carne y piel que portan los humanos, lentamente toma mi mano, puedo sentir el frío que recorre mi espalda con poco apuro, puedo sentir como mis lágrimas caen a través por sobre mis mejillas.
El Ángel no ha dictado palabra, ya siento que han pasado horas desde que me ha tomado la mano y hemos empezado a caminar por un pequeño camino de fría y oscura piedra, rodeado por añejos árboles con aspecto fúnebre, el Ángel de la hermosa túnica se detiene, voltea lentamente, suelta mi mano con tranquilidad y con un gran dolor parece señalar una vieja lápida cubierta de maleza.
Me dirijo hacia ella, y con cuidado quito las mismas haciendo paso a las letras que yacían bajo la humeda planta, aún sin creer lo que se puede apreciar en ella, miro al Ángel, y el me extiende su mano nuevamente...
Comprendí que mi momento había por fín llegado, retomamos el antiguo camino que hacía un rato empezamos y con profunda tristeza miro hacia atrás dejando caer una lágrima, despidiéndome así de quienes en su corazón cuidaban mi nombre, mi último suspiro, mi última lágrima, mi último adiós antes de desvanecerme para siempre, me lo concedió el Ángel del Silencio...
